29 de octubre de 2007

28 de octubre de 2007

Concepción social del trabajo

¿Vives para trabajar o trabajas para vivir? ¿Qué quieres ser de mayor? Lo importante cuando seas mayor es que cumplas con tu deber, seas un hombre de provecho y te ganes la vida honradamente... TÍPICOS TÓPICOS de la sociedad contemporánea.
El hombre se encuentra inmerso en un sistema de producción en el que el trabajo es expresado socialmente como actividad orientada a la ganancia. ¿Por qué concebir el trabajo en clave de salario, de obligación, incluso de honor?¿Existe otra forma de concebir el trabajo? ¿Responden esas nociones a una ética del trabajo? ¿Hay una o varias morales del trabajo?

Bakunin percibía en su tiempo que la gente “trabajaba mucho” y que ese hecho comenzaba a considerarse como un honor. Max Weber será el que profundice en el origen de lo que hoy conocemos como trabajo y el que incida en la relación existente entre La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905) y por tanto, en la construcción subjetiva de una determinada ética del trabajo.
Afirmará por ello que “los intereses de la política comercial y de la política social suelen determinar ahora la concepción del mundo”.
En el Diccionario de Lengua Española de la Real Academia se define el trabajo como ocupación retribuida y como obra resultado de la actividad humana. La primera definición encaja perfectamente en lo que se entiende hoy por empleo en el sistema capitalista mientras que, la segunda acepción hace referencia a cualquier producto humano, resultado de sus capacidades físicas o psíquicas y que constituye trabajo por sí mismo, al margen del mercado.
En nuestros días el trabajo asalariado es para muchos una resignación y una necesidad. Las obligaciones del ser humano socializado vienen impuestas por la convención de un sistema preponderante. Pero, ¿cuál es el origen de ese convenio? ¿Quién determinó que el trabajo dignifica al hombre? ¿ Cómo se llega a un racionalismo económico que inunda hasta lo más recóndito de la vida humana? Weber estudió largo y tendido estos temas hasta vislumbrar una unión entre la conciencia religiosa y el espíritu capitalista.
El sociólogo entiende el racionalismo económico como “un crecimiento de la productividad del trabajo que elimina la vinculación del proceso de producción a los límites orgánicos, naturales de la persona humana y lo organiza desde puntos de vista científicos”. Partiendo de esto se plantea de qué pensamiento procede la dicotomía trabajo – remuneración, entendiendo de este modo el trabajo como una actividad únicamente orientada a la ganancia (Weber señalará además el carácter irracional del trabajo, analizado desde el punto de vista de la felicidad humana ya que, el autor asegura que el hombre no quiere ganar cada vez más dinero sino que quiere conseguir lo suficiente para cubrir sus necesidades).
Sostiene así que en aquellos lugares que el capitalismo comenzó con el aumento de productividad chocó con la resistencia de los hombres que no deseaban más riqueza. A partir de esto comienza una “educación económica” dentro de la cual la lección número uno era redefinir el término trabajo y constituirlo como “un fin en sí mismo absoluto, como una profesión”. Es aquí donde Weber apunta hacia la importancia del factor religioso, concretamente a la doctrina protestantista ascética de raíz calvinista.

“El modo de vida racional sobre la base de la idea de profesión, que es uno de los elementos constitutivos del espíritu capitalista, y no sólo de éste sino de la cultura moderna, nació del espíritu del ascetismo cristiano” Max Weber

El autor encuentra en los textos de Benjamin Franklin, que datan de la primera mitad del siglo XVIII, lo que el llamará espíritu del capitalismo, es decir, “una nueva mentalidad económica” que se forma en la edad moderna.
Los textos de Franklin desprenden ideas reveladoras que Weber describirá así: Se formula una ética que considera “un deber moral ganar dinero” eso sí, “prescindiendo de toda consideración eudemonista”. Contrapone estas nociones a lo que el llamará mentalidad tradicionalista, según la cual se trabaja para vivir y no al revés.
Se podría pensar que esa nueva mentalidad va unida al desarrollo del sistema capitalista de producción. En referencia a esto el sociólogo matiza que no es así ya que esa concepción afloró también en territorios sin un capitalismo desarrollado y estuvo ausente en épocas y regiones con donde el sistema sí estaba avanzado.
“Esa mentalidad encontró su forma más adecuada en la empresa capitalista(...), la empresa capitalista encontró en ella el impulso mental más adecuado” Max Weber
Así, según el autor la mentalidad capitalista, que entendía en sus orígenes la economía con una referencia moral, impulsó el desarrollo económico-capitalista moderno. Con el paso del tiempo el sistema capitalista se desligó de su origen ya que no necesitaba ningún poder religioso que lo aprobara.
Asumiendo el protestantismo ascético como primer motor del capitalismo y, por tanto, como creador de la concepción social contemporánea del trabajo, ¿qué duda cabe que lo que hoy supone una obligación y un yugo puede tener muchas otras formas de expresión y de experimentación social?
Jose Ángel Bergua, profesor de sociología en la Universidad de Zaragoza, afirma que la esfera política contemporánea es poseedora de diversos males que han provocado que se ensayen soluciones al margen de el sistema político actual. Esos ensayos han gestado los denominados “nuevos movimientos sociales” cuyo denominador común suele ser la abolición de la jerarquía y la democratización efectiva de las relaciones entre los actores individuales y colectivos. Las formas sociales de expresar una unidad de poder o de organización son diversas. Del mismo modo que existen recetas diferentes para concebir el poder, también las hay para interpretar el trabajo. El trabajo hoy en día está mercantilizado y es entendido como fuente de ganancia. Bob Black, autor de La abolición del trabajo, sostiene que es posible otra mentalidad, que es viable entender el trabajo como un juego y que se puede crear “una convivencia lúdica, un comensalismo”. Mantiene que el empleo es el origen “de casi todos los males” y pide “una aventura colectiva (...) libremente independiente”. Apela a la necesidad de “poner el trabajo en perspectiva” y de replantearse a qué intereses sirven la concepción imperante.